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14/12/2013

Narratio Fidei de Padre Alessandro Paniga scj

Padre alessandro Paniga scj

Hazme saber, Yahveh, mi fin, y cuál es la medida de mis días, para que sepa yo cuán frágil soy. Oh sí, de unos palmos hiciste mis días, mi existencia cual nada es ante ti; sólo un soplo, todo hombre que se yergue, nada más una sombra el humano que pasa, sólo un soplo las riquezas que amontona, sin saber quién las recogerá.Y ahora, Señor, ¿qué puedo yo esperar? En ti está mi esperanza. (Sal.39,5-8)

Nos envió a su Hijo Único. La Encarnación del Hijo es lo más grande que Dios podía hacer, la prueba irrefutable de su amor de Padre. No se conforma con amarnos a distancia, desde lo alto del cielo. Se inclina sobre nosotros, nos envía a su Hijo... (MS)
“Para llevar a los hombres al conocimiento y al amor del Creador, N.S. Jesucristo les manifiesta la divinidad, haciéndola visible y palpable en su propia humanidad. Entonces ahí está en el Pesebre, bajo las espécies eucarísticas: apparuit (Tit 2,12). Es una epifanía universal, una escuela abierta a todos los que tienen ojos para ver y oídos para entender: apparuit omnibus... erudiens nos.¡Qué escuela! ¡Qué maestro! ¡Qué fuerza y ternura en las enseñanzas del Pesebre, de la Circuncisión! ¿Qué infinita atracción para conquistar a los grandes pecadores” (DS).

 

Narratio... ¿Qué me dicen estos textos? El Salmo 39 (38) describe la lucha interior de alguien que sufre, que en un primer momento se había propuesto soportar en silencio su dolor, sin quejarse con nadie, ni siquiera con Dios (vv 2-3). Pero después no logra acallar su angustia y entonces, decide contar su dolor al Señor. Me sorprendió el hecho de que el sufriente no pidió a Dios, en primer lugar, la cura sino que le pregunta cuándo va a terminar su vida porque sabe su fragilidad, la caducidad de la vida humana: Hazme saber, Yahveh, mi fin... para que sepa yo cuán frágil soy... sólo un soplo, todo hombre que se yergue. (vv. 5-6). Si la vida es tan corta, si es sólo un soplo, entonces, dice el salmista, es estúpido confiar totalmente sólo en los hombres o en las cosas. Sólo Dios puede dar un sentido a la vida que huye como un soplo, sólo en Dios se puede encontrar la salvación: Y ahora, Señor, ¿qué puedo yo esperar? En ti está mi esperanza. (v8).

Alguien describió este salmo como una “oración muda”, muy pobre, pero sugestiva. Es un salmo de dolor, de queja, pero también de confianza, de esperanza en un Dios que se hace cercano para salvarnos. Este salmo, siento que vive en el ministerio que estoy desarrollando en estos años aquí, en Solbiate (Co) en una institución para enfermos y ancianos. La vida es corta, es un soplo. Y lo veo todos los días, acompañando a estos ancianos en el último trecho de su vida. Cuántas veces veo en los ojos de estas personas el miedo, la tristeza de una vida que está llegando a su ocaso y que parece inútil. Cuantas veces se quejan de su situación de sufrimiento y se preguntan por qué tienen que sufrir tanto. No hay respuesta satisfactorias. Sólo podemos estar a su lado y ayudarlos a descubrir a un Dios que de todas maneras nos ama, un Dios en quien poner toda nuestra esperanza. Pero hay también personas de mucha fe, que viven serenamente su condición en la seguridad de que Dios no los abandona nunca. Y esta es para mí, una grande elcción de vida. La muerte nos da miedo a todos. Pero me doy cuenta de que cuanto más nos acercamos a la muerte, más se recibe de Dios la gracia de aceptarla serenamente. De veras, Señor, en ti está mi esperanza.

En mi ministerio, trato de hacerle entender a la gente la grandeza de cada uno de nosotros frente a Dios a pesar de nuestra fragilidad. Señor, ¿qué es el hombre para que cuides de él? (Sal 144,3). ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? (Sal 8, 5). La grandeza del hombre es gratuita, es un don. La nuestra es una dignidad recibida porque Dios nos ha creado a su imagen y semejanza (Gen 1, 26). Por eso el hombre es grande. Es el amor de Dios que da dignidad al hombre. Para que entendamos que nos ama en serio, Dios envió entre nosotros a su Hijo. Nos dice San Miguel: Para reconducir a los hombres al conocimiento y al amor del Creador, N.S. Jesucristo les manifiesta la divinidad haciéndola visible y palpable en su humanidad. La Encarnación, para nuestro fundador es una escuela cuyo Maestro es el mismo Hijo de Dios, una escuela que atrae irresistiblemente con su fuerza y su ternura: ¡qué fuerza y ternura en las enseñanzas del Pesebre! Fuerza y ternura; estas dos palabras unidas me traen a la memoria la homilía del Papa Pío XII del 4 de julio de 1947, cuando proclamó santo a nuestro fundador y, para subrayar la figura destacada de un carácter fuerte, lo comparó a un “aguafuerte” pero unida a la ternura de su relación con los demás. Por eso adoptó, para él la expresión bíblica del fuerte salió el dulce” (Jueces 14, 14), recordando a Sansón que comió miel sacándolo del esqueleto de un león. De San Miguel el fuerte, salió la ternura de su carácter. De Dios, el fuerte, sale la ternura de su amor. Para mí, esta es la Encarnación; la fuerza del amor de Dios, junto con la ternura de su misericordia para con todas sus creaturas, por lo cual, de verdad, como dice San Miguel, la Encarnación es la manifestación para todos del amor de Dios que se transforma en una atracción irresistible para conquistar a los pecadores más grandes.

El Papa Francisco en su ministerio no hace otra cosa que decir a los hombres de hoy, por medio de sus gestos y de sus palabras, que Dios nos ama, que está cerca de nosotros, que se hace compañero de ruta de los hombres para llevarlos al Padre.

¿Qué aspectos de estos textos influyeron más en tu proceso de religioso betharramita? Creo que el primer aspecto es el de mi fragilidad. En mi vida, especialmente cuando era chico, me acompañaron muchas situaciones difíciles: papá y mi hermano enfermos, la muerte de mi hermana todavía muy joven, la pérdida de la casa en un incendio... A lo mejor fue por eso que nació mi convicción sobre la precariedad de la vida que me acompaña, y también cierto miedo de la muerte.

Acompañé a muchas personas a la muerte, pero sigo teniendo un poco de miedo. Asistí, aquí, en Solbiate, al P. Angelo Pessina, al P. Alessandro del Grande, al P. Angelo Petrelli en sus últimos días de vida. Fui positivamente impactado por su muerte. Quisiera morir como ellos, con alguien que me acompañe en los últimos momentos. Tal vez sea ese mi miedo de morir: el miedo de morir solo sin alguien a mi lado en el momento supremo. Al asistir a las personas que mueren, me doy cuenta de la precariedad de la vida, que la vida se va como un soplo; pero, por otro lado, me afirmo en la confianza en el Señor como veo que hicieron tantos que acompañé hasta la muerte. Por eso quiero que el miedo sea substituido, en mí, por la confianza en el amor de Dios, que es mi esperanza y mi salvación. Quisiera infundir esta esperanza en los enfermos, y también en los que están agotados, cansados, deprimidos, sin más confianza en la vida, que encuentro cada lunes en la Clínica “S. Benedicto” de Albese (Co).

Otro aspecto que siento particularmente en mi vida, a partir del texto de la espiritualidad, es el de la bondad y de la ternura de Dios para conmigo. Cuando entré en seminario, con 11 años, no sabía muy bien lo que estaba haciendo. Muy probablemente, mi vocación se la debo, en gran parte, a mi madre, un poco como San Miguel que llegó a ser lo que fue también gracias a su madre. Yo también, de chico, era tremendo. Hacía muchas travesuras. Mi madre creyó que si entraba en seminario sería mejor. Para decir verdad, en el primer período de seminario, ni yo sabía muy bien lo que hacía. Pero de algo estaba seguro: quería ayudar a los demás, quería dedicar mi vida al bien de los demás. Decía que debo a mi madre el mayor mérito de mi vocación porque sé que rezó tanto por eso y además, porque, ni bien me ordené sacerdote, me confió que me había puesto el nombre de Alessandro porque el obispo de nuestra diócesis se llamaba así y, en su íntimo, deseaba ardientemente que fuera sacerdote. Y logró esta gracia. Con el tiempo, en el seminario fui conociendo la figura de San Miguel y su doctrina espiritual que me atrajo inmediatamente.

La obediencia a la voluntad del Padre y su amor a los hombres hizo del Corazón de Jesús el centro de mi vida espiritual. Traté de obedecer siempre a mis superiores, para hacer la voluntad del Señor, inclusive en los momentos más difíciles cuando se me pidió asumir cargos y responsabilidades para los cuales no me sentía preparado. Traté de estar disponible lo más posible, comprometido con el bien de los otros, especialmente con los más necesitados de afecto, de atención, de solidaridad. En las diferentes parroquias en las que hice apostolado (Monteporzio, Albiate, Albavilla… ) traté de hacer bien a la gente procurando estar cerca de los enfermos y ahora, desde hace algunos años, creo que encontré mi vocación específica: estar al lado de las personas que necesitan ayuda, atención, respeto, compañía.

San Miguel insistía mucho en el compromiso con los enfermos y los necesitados, y yo sintonizo mucho con esta preocupación. Es la escuela de la Encarnación de un Dios que se hizo uno de nosotros para estar a nuestro lado para salvarnos. En la Navidad me siento profundamente conmovido cuando medito pensando en la magnanimidad de Dios que, como decía nuestro fundador, se rebajó y se hizo don… consumado por el amor porque Dios, como madre que se hace pequeño para colocarse al lado de su hijo, viendo el corazón del hombre y todo el hombre hecho carne, se rebaja al nivel de nuestra carne y se hace carne él mismo para hacernos semejantes a él… Más nuestro Dios se hace pequeño, más su atracción es fuerte: tengo que quererlo tanto más cuanto más humilde se hizo por mí…

Dejemos que nos invada el desconcierto, el agradecimiento para ser más generosos.

El P. Alessandro Paniga con el P. Angelo Pessina (en el centro) y el P. Angelo Petrelli (a la izquierda) en el año 2007 en la Casa de riposo de los Fatebenefratelli en Solbiate


¿Cómo trato de vivir lo que esta palabra me indica? Esta ternura de Dios para conmigo, me empuja a ser yo también, ternura para con los demás. Sabiendo que el Corazón de Dios es de una ternura infinita, siempre dispuesto a adelantarse a nuestros corazones con la superabundancia de su misericordia (S. Miguel), me estimula para que esté atento, disponible, abierto, amable, delicado con las personas a la que me acerco todos los días. Aprendí a estar cerca de las personas y a sonreír más y este me parece un buen paso para sintonizar más con el otro. Lo comprobé y se lo sugiero a todos. Una sonrisa alivia al que está cansado, devuelve el ánimo en las prueba y, en la tristeza es un remedio. Tengo que reconocer que, cuando era pequeño, estaba más despreocupado y contento; después, con el tiempo, los diferentes acontecimientos me llevaron a ser tal vez demasiado serio, a veces callado y triste. Ahora me parece que volví a recuperar esa serenidad que necesitaba y necesito tanto para vivir, con la ayuda de Dios, una relación con los demás, más abierta, atenta y cordial.

¿Hacia qué cosa me invitan a mirar? Quisiera tener más confianza en Dios también en los momentos de cansancio y de fragilidad. Quisiera crecer en la consciencia de que sólo mirando a Dios y a su amor por mí y por todos es posible un mundo mejor en el que haya más respeto y humanidad. Quisiera profundizar cada vez más en mi fe en la Encarnación del Verbo y mirar al mundo y a las personas con los ojos de Jesús, como decía el Papa Francisco en la encíclica Lumen fidei (nº 18): La vida de Cristo, su manera de conocer al Padre, de vivir totalmente en la relación con él, abre un espacio nuevo a la experiencia humana y todos podemos entrar… Para permitirnos de conocerlo, recibirlo y seguirlo, el Hijo de Dios tomó nuestra carne … la fe cristiana es fe en la encarnación del Verbo y en su resurrección en la carne; es fe en un Dios que se hizo tan próximo que entró en nuestra historia. La fe en el Hijo de Dios hecho hombre en Jesús de Nazaret no nos separa de la realidad, sino que nos permite descubrir su significado más profundo, de descubrir cuánto Dios ama este mundo y lo orienta continuamente a él; y esto lleva al cristiano a comprometerse, a vivir de manera más intensa su camino en la tierra.

Verdaderamente Dios nos ama. Recordemos lo que nos dice nuestro fundador: Fue del agrado de Dios hacerse amar… Dios no necesita de nada, sólo pide ser amado… Dejemos que nos conquiste este Dios-Amor. Amemos como él ama; amemos porque él nos ama. Unámonos a Jesús; amemos en él y por él.

Comprometámonos en esto para ser de verdad, imitadores del Corazón de Cristo e hijos de nuestro Padre San Miguel que nos indica el camino de la santidad.


Oración

Padre, que derramaste sobre el hombre todas las riquezas de tu amor, acuérdate de nosotros, hijos tuyos en camino para que, contemplando tu misterioso designio de salvación podamos descubrir en el rostro de tu Hijo que se hizo hombre para nosotros, la imagen revelada de tu amor sin fin.
Señor, abre nuestros corazones para que te reconozcamos en cada persona que sufre tu rostro y tu presencia. Ayúdanos a ser testigos del evangelio con una sonrisa, una palabra, un gesto de cariño. Danos una sensibilidad que sepa salir al encuentro de los corazones y danos la fuerza de infundir en las almas la esperanza, esperanza en el Hijo tuyo Jesús, porque sólo en él se encuentra todo sentido de vida y la muerte encuentra su luz. Por la intercesión de nuestra Madre, la Virgen de Betharram, y de nuestro Padre San Miguel Garicoits, danos de sorprendernos por tu amor hecho carne para que nos orientemos a ti y a los hermanos y para comprometernos cada vez más al servicio con un corazón grande y ánimo generoso. Amén.

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