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13/07/2012

Noticias en Familia - 14 de Julio de 2012


Sumario

 

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La palabra del Padre General

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LA OBEDIENCIA BETHARRAMITA

“La obediencia filial por amor es el alma de nuestra congregación: “Lo que debe caracterizarnos es el espíritu de obediencia… si falta la obediencia, falta la razón de ser” ( RdV. 60, DS 196-197).

Esta cita y el título de este apartado de la Regla de Vida, expresan muy bien que la obediencia hace parte de nuestra identidad como Religiosos del Sagrado Corazón de Jesús. La contemplación y la imitación del Corazón obediente de Cristo, apasionado por realizar la voluntad de su Padre (art. 60), hacen parte de la originalidad de la experiencia de fe tanto de San Miguel Garicoits como de todos los Betharramitas de hoy y de siempre. El Jesús obediente impulsado por el Espíritu de su Padre en el momento de la concepción, cuando dice: Aquí estoy, Dios mío, para hacer tu voluntad (Hb.10, 7) . El Jesús que se proclama tener que ocuparse de las cosas del Padre, cuando su Madre le pregunta ¿Por qué nos has hecho esto?(Lc. 2, 48-49). El Jesús obediente que en Getsemaní dice: Abba, tu voluntad, no la mía (Lc. 22, 42). El Jesús obediente a la voluntad del Padre en cada momento de su vida, “Este ha sido el motivo de todas las acciones de Nuestro Señor Jesucristo. ‘Mi alimento, decía, es cumplir la voluntad de Aquel que me ha enviado y yo me ocupo en ejecutar todos sus deseos’ ” (DS. 92-93).
La obediencia sólo es posible en un proyecto de vida capaz de renunciar a los propios intereses para aceptar como propios los intereses y los proyectos del Padre para el bien integral de todos los hombres. La obediencia por amor se opone al “yo como fin de las cosas” (RdV.59; DS. 83). Nuestra vocación consiste en ponernos al servicio de la misión de manera libre y responsable, sabiendo pasar de lo que nos gusta a lo que le gusta más al Padre (Jn. 8, 29; RdV.63).  Esto fue así en Jesús obediente al Padre, en la obediencia de San Miguel Garicoits a su obispo, en la obediencia de cada betharramita de hoy y de siempre a los superiores legítimos. Y el secreto de la obediencia de Jesús lo expresa muy bien Benedicto XVI: “En su muerte [de Jesús] en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical.” (DCE 12) El verdadero betharramita no vive para sí mismo, sino para Dios y para colaborar con su proyecto de salvar a todos los hombres. Por nuestra profesión religiosa, ofrecemos nuestra voluntad como un sacrificio total de nosotros  mismos a Dios nuestro Padre (art. 60).
Esto es el amor en su forma más radical. Y es que el amor y la obediencia van juntos. San Miguel Garicoits habla de la doble ley: la interna, del amor, y la externa, de la obediencia. Es el Espíritu Santo, el Maestro interior, quien tiene por costumbre gravar en los corazones la ley interior del amor. La ley de la obediencia responde a medios exteriores: la Regla de Vida, la comunidad y las órdenes de los superiores. Dios de quien procede todo bien, pide instrumentos despojados de todo, sobre todo de sí mismos, totalmente entregados en su corazón a la acción del Espíritu Santo, a la ley de amor y de caridad que tiene costumbre de grabar y a la gran ley de la obediencia, siguiendo el ejemplo de Nuestro Señor (C. T.II, c. 293, pags. 128-130 ).
Sólo desde nuestra experiencia de fe en Jesucristo se puede justificar la renuncia a nuestro derecho a ser independientes, a tener proyectos propios y la libre decisión de aceptar como propia la voluntad de Dios. Unidos a Cristo en la ofrenda de todo nuestro ser por amor, nos hacemos libres renunciando a nuestras aspiraciones más legítimas por fidelidad a la misión de la comunidad. Así nos hacemos discípulos de Jesús “que caminan con los corazones dilatados por una santa alegría, corriendo y volando para el servicio de Dios” (Art. 64; DS. 156).
Desde esta perspectiva, un betharramita es un hombre de discernimiento, que busca con su comunidad y con los superiores la voluntad de Dios. Un betharramita, con el apoyo de sus hermanos, practica con todas sus fuerzas la voluntad de Dios expresada en el proyecto comunitario-apostólico. Un betharramita se somete en la fe a las decisiones de los superiores legítimos, tomadas de acuerdo a las instancias de gobierno expresadas en la Regla de Vida. Es propio de los betharramitas obedecer al Papa y a los Obispos de las Iglesias donde se encuentran nuestras comunidades en lo que hace al bien de las personas, la celebración de los sacramentos y el ejercicio de la pastoral (art. 62). Sin esta obediencia de los religiosos  a los superiores, la Congregación no puede adquirir compromisos estables con las Iglesias locales porque nunca sabe si podrá cumplirlos.
Hemos sido llamados por el Espíritu a reproducir la humildad y la obediencia de Cristo. Y hemos sido convocados para ayudarnos a vivir el carisma en la comunión fraterna. Es la comunidad el lugar privilegiado para discernir y aceptar la voluntad de Dios, y para avanzar juntos en unión de espíritus y de corazones (VC. 92; RdV. 66). Los hermanos de comunidad tienen que ayudar a un hermano a dar el paso que puede pedirle la obediencia, refiriéndose siempre a nuestra comunión con Jesús obediente, y al pedido de obediencia que le hacen los Superiores mayores como un bien para él mismo y para el compromiso misionero que tiene la Congregación.
Un cambio de comunidad y de misión tiene que ser considerado de entrada como un bien para el religioso, que aunque le exija una renuncia, le abre a nuevas posibilidades, aportándole una riqueza y un crecimiento personal. En el seno de comunidad, el superior en un servidor de Dios para el bien (Rm.13,4; RdV. 67). El servicio del superior de la comunidad tiene que favorecer la unidad de la comunidad en torno a la fidelidad de cada uno al Carisma de San Miguel Garicoits. Éste tiene que hacerlo conociendo, valorando y estimulando los dones de cada religioso, facilitando la creatividad y la audacia misionera, poniendo en guardia contra el activismo que puede poner en peligro la salud, el equilibrio personal, la vida espiritual, la fraternidad y hasta el servicio misionero bien entendido.
La obediencia tanto como la castidad y la pobreza dan tanto a la vida de Jesús como a la de los consagrados una dimensión escatológica: Liberados nuestros corazones de la concupiscencia del placer (art.43) de la afición a los bienes materiales y a los afectos y sacrificando hoy nuestra libertad para elegir la realización de la voluntad del Padre, queremos anunciar ese día en el que “cuando el universo entero le sea sometido, el mismo Hijo se someterá también a aquél que le sometió todas las cosas, a fin de que Dios sea todo en todos…” (1Cor. 15,28; RdV. 69).

Gaspar Fernández Pérez, SCJ

 


 

smichel.jpgSan Miguel Garicoïts escribe... 

Los deberes de los superiores que pasan por alto a algunas reglas

Si los religiosos no son cultivados con los cuidados, las atenciones, los buenos ejemplos de los superiores no emanarán nunca los buenos olores de la virtud, no producirán sino cardos y espinas. Los superiores, privados de diques fuertes que contengan la correntada de los abusos, se desanimarán. Los superiores, por lo tanto, tienen que tener reglas, reglamentos y deben leerlos a menudo. El superior de la Sociedad, sobre este punto, dará él mismo o por intermedio de sus visitadores, informes detallados. Revisarán, en presencia del superior local y del consejo, las reglas, etc… Observarán en qué se las transgrede y de qué manera se puede volver a ponerlas en vigor.   (M 336)

 



Espiritualidad laical

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VIVIR LA ESPERANZA CON MARÍA

El sábado 26 de mayo, tuvo lugar el encuientro mensual de la Fraternidad “Nè Mè” de los laicos betharramitas de Adiapodoumé (Costa de Marfil). En un primer momento, la Fraternidad centró su reflexión sobre el tema siguiente: “María, modelo de esperanza”.
Les proponemos una parte de la reflexión presentada por Félicien Valentin y Léontine.

Conscientes de que el fundamento de la esperanza para el pueblo de Dios es la alianza, las promesas de Dios y la resurrección de Jesucristo, los cristianos comparten la virtud de la esperanza con María que sigue ejerciendo su influencia benéfica sobre la vida de la Iglesia. Esta esperanza se refiere esencialmente a los bienes materiales y espirituales, invisibles y futuros porque lo que se ve no se puede esperar.
De hecho, Madre de los hombres, María conoce bien las aspiraciones y necesidades de la humanoidad. Es por eso que tenemos que ir a su escuela, tomándola como modelo y tratando de  vivir como ella, con plena confianza en su intercesión.
Con su vida, María alienta a todos los cristianos para que vivan, con un celo particular, la castidad, según su estado, y a confiar en el Señor en las diferentes circunstancias de la vida. Los jóvenes, en la búsqueda de un amor auténtico tienen que mirar a la Virgen e invocar su ayuda materna para perseverar en la pureza.
María recuerda también a los casados los valores fundamentales del matrimonio, ayudándolos a dominar las tentaciones del desánimo y a controlar las pasiones que intentan someter sus corazones. Su total entrega a Dios constituye para ellos un fuerte aliento a vivir en fidelidad recíproca.
María muestra a los cristianos como llega la fe, camino de compromiso y participación que exige audacia, corage, perseverancia constante, aprendiendo cada vez más a encontrar en la voluntad de Dios la misma felicidad que ella vivió (DS San Miguel Garicoits, p- 436) entregándose plenamente a Dios para mirar al otro.
La presencia de María en la Iglesia tranquiliza al cristiano para que se ponga cada día a la escucha de la Palabra del Señor para captar mejor las diversas esperanzas cotidiana en el proyecto de amor de Dios para con ellos.
Hoy en día, María invita a toda la humanidad (porque cada vez más ella es honrada por creyentes que no pertenecen a la comunidad católica) a vivir la esperanza de un mundo en paz, de un mundo de paz. Para ella, que esperó contra toda esperanza su matenridad espiritual universal y eso constituye un gran signo de esperanza en el camino ecuménico, prenda de paz y de unidad.
Finalmente, glorificada en cuerpo y alma en el cielo, María contribuye a afianzar nuestra esperanza.
Por eso la madre de Jesús representa e inaugura la Iglesia y su acabamento en el futuro a la espera de la venida del Señor. Ella brilla ya como signo de esperanza segura y de consuelo para el pueblo de Dios. Es una verdadera esperanza para el ser humano que ve en la Asunción de María como se realizará para cada uno de nosotros, la perfección de nuestra vida cristiana.
Habiendo alcanzado, por su parte, la bienaventuranza por haber creido que se cumplirían las palabras del Señor, María acompaña a los creyentes y a la Iglesia entera, para que, entre las alegrías y las pruebas de la vida presente, sean en el mundo verdaderos profetas de esperanza.
En efecto, la esperanza colocada en María necesita confianza de nuestra parte. Por eso, al querer aumentar en nosotros esa confianza, Jesús nos dio como madre y abogada a su propia madre (Jn 19,27), y le dio todo el poder de procurarnos la gracia de la salvación y la esperanza de adquirir todos los bienes para la gloria de Dios.
Por eso, con razón proclamamos a María nuestra esperanza, ya que esperamos obtener por su intercesión lo que nuestras oraciones solas no obtendrían. Le rezamos para que la dignidad de tal mediadora, supla a nuestra debilidad.
Pedir a María con esta esperanza no quiere decir que desafiamos la misericordia divina, sino que nos humillamos delante de nuestra indignidad.
Así, la Iglesia tiene razón en llamar a María la madre de la santa esperanza, es decir aquella que hizo nacer en nosotros no la vana esperanza de bienes miserables y pasajeros de esta vida, sinjo la santa esperanza de los bienes inmensos y eternos de la vida futura.

Félicien Valentin et Léontine

 


 

Hacia el 150°

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UN CAMINO DE PURIFICACIÓN PARA REFORZAR LA UNIDAD

Continuamos nuestro recorrido hacia el 150°  aniversario de la muerte de S. Michele que se celebrará del 14 de mayo de 2013 al 14 de mayo de 2014.
El P. Enrico Frigerio, coordinador de la comisión encargada de esta celebración, nos propone esta reflexión...

En este período que precede el comienzo oficial del año jubilar dedicado a San Miguel, creo que es oportuno releer algunas orientaciones que el beato Juan Pablo II, en la Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente, de 1994, daba a toda la Iglesia en preparación al Año Jubilar 2000. Para nosotros, se trata de colocar esas indicaciones en el contexto de nuestra familia religiosa.
El primer punto se refería al reconocimiento de nuestra condición de pecadores. El Papa recordaba que la Iglesia “no puede pasar el umbral de nuevo milenio sin alentar a sus hijos a que se purifiquen, arrepintiéndose de errores, infidelidades, incoherencias, demoras. Reconocer las claudicaciones de ayer, es un acto de lealtad y de coraje que nos ayuda a reforzar nuestra fe, haciéndonos atentos y preparados para enfrentar las tentaciones y las dificultades de hoy” (TMA 33). Nuestra Congregación está invitada, a todos los niveles, a ponerse en esta actitud penitencial en las distintas iniciativas que van a caracterizar este año de preparación al Año Jubilar. El Superior General, en su informe inicial del Capítulo General, nos animaba afirmando que “la consciencia de nuestro pecado no puede ser un motivo para quedarnos inactivos”, pero que “necesitamos examinarnos con autenticidad, en todos los aspectos de nuestra vida”. Insistía sobre esta invitación, citando el ejemplo de San Miguel que, escribiendo a una religiosa, la invitaba a mirar el mal presente en su vida y a decir al Señor: “Este es el fruto de mi jardín; otra cosa no puede nacer de mí; pero di sólo una palabra y todo cambiará su aspecto”. Celebrar el año jubilar es también ponerse a la escucha para recibir esta “palabra” y dejar que nuestra vida cambie su aspecto.
Otro punto que caracteriza la carta es el profundo deseo de unidad entre los cristianos. Se habla de heridas y divisiones que tienen que ser curadas y se insiste en el diálogo y, sobre todo, en la oración por la unidad.
“Entre los pecados que exigen un mayor compromiso de penitencia y de conversión hay que contar ciertamente los que perjudicaron la unidad querida por Dios para su Pueblo… Sin embargo, todos somos conscientes de que alcanzar esta meta no puede ser sólo fruto de esfuerzos humanos, claramente indispensables. La unidad, en última instancia, es don del Espíritu Santo. A nosotros se nos pide que secundemos este don sin liviandades ni reticencias en ser testigos de la verdad, sino poniendo en práctica generosamente las orientaciones del Concilio y de los sucesivos documentos de la Santa Sede (TMA 34).
Podemos asumir esta invitación a trabajar por la unidad, conscientes de la pasión con la que el mismo San Miguel encaraba este tema: “Nuestro Señor pide para nosotros la realización de ese proyecto de Dios con esas palabras de fuego: que sean uno como nosotros… que sean uno en nosotros (Jn 17, 11. 20-21). Como nosotros, es decir, como imágenes perfectas que pueden parecerse a un modelo. En nosotros, fuente y principio de unidad por medió del cual y en el cual estamos unidos. Que sean uno en nosotros. Que nosotros seamos no sólo modelo, sino vínculo de su unidad. Que sean, por medio de nosotros y por gracia, lo que nosotros somos por naturaleza y en nosotros mismos …”
Son palabras fuertes que estamos llamados a retomar y a hacer nuestras en este momento de gracia, palabras que pueden ayudarnos a renovar nuestro compromiso, en las diferentes iniciativas que se tomarán por el 150ª. Desde el concurso por la elección del logo a los encuentros de oración, desde una exposición fotográfica a una peregrinación, todo nos lleva a mirar a San Miguel, todo lleva a reavivar en nosotros el carisma que él nos dejó y que es más actual que nunca en la Iglesia, para el mundo.
Nosotros también, como el Beato Juan Pablo II, entregamos el compromiso de nuestra Congregación, a la intercesión de María, para que oriente nuestra Congregación en la renovación, con el Verbo Encarnado, de su “Ecce Venio”.
 
Enrico Frigerio, SCJ
 

 
 

5 minutos con...

... la comunidad de Bouar-Nien, República Centroafricana

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En la Navidad del 1986 dos religiosos betharramitas, el P. Arialdo Urbani y el P. Antonio Canavesi, fueron acogidos en la Diócesis de Bouar-Niem. Inició así la aventura de Betharram en la República Centroafricana. Hoy, a distancia de 25 años, el Vicariato, que se compone de 9 religiosos, cuenta la misma experiencia, las mismas esperas y osa dar una mirada hacia el propio futuro.

NEF: Recientemente la comunidad festejó el 25º aniversario de la presencia betharramita en África Central. ¿Cómo y por qué nació esta presencia en el corazón de África?
- Nuestra presencia desde hace 25 años en la República de África Central viene directamente de una decisión de un Capítulo De la Provincia Italiana en los años ’80, en el que se percibió claramente la necesidad de abrirse más concretamente a las nuevas formas de pobreza (ver también la posterior apertura de la casa-familia, en Monteporzio).
Fue como el P. Urbani Arialdo, como explorador, y el P. Antonio Canavesi llegaron a Niem en Navidad de 1986. La elección de la R.C.A. y, más precisamente, de Niem se debió al hecho de haber conocido al obispo de la recién erigida diócesis de Bouar, Mons. Armando Gianni. Nos gusta también subrayar que la recién nacida misión fue inmediatamente sostenida y dada a conocer por un gran número de religiosos de la Provincia de entonces.

¿Qué fue lo que caracterizó la misión de la comunidad en el comienzo? 
- Hay que tener en cuenta que antes de nuestra llegada, el amplio territorio de la misión de Niem era visitado, esporádicamente por los Padres Capuchinos y no existía un puesto fijo misionero. La primera tarea fue de formar catequistas capaces de hacer vivir y apoyar las recién nacidas comunidades de la “brousse”. La acción evangelizadora fue la actividad primaria. Nos dimos cuenta, sin embargo, que había que dar una respuesta a los pedidos de la Iglesia centroafricana que indicaba la educación y la salud como prioridades absolutas para favorecer un desarrollo humano mínimo. Así nacieron las escuelas de misión (hoy, entre Bouar y Niem, son alrededor de 30 y representan, para más de 4.000 muchachos, la posibilidad de aprender a leer y a escribir, gracias también a un sistema de adopciones a distancia muy eficaz). Además está el dispensario de Niem que hoy cuenta con más de 60 camas. Desde 2010, se agregó el Centro San Miguel para la asistencia a enfermos de SIDA.

Después de algunos años de presencia en Niem, la comunidad amplió sus horizontes aceptando la responsabilidad de la parroquia “N. Sra. De Fátima”, en Bouar y, más recientemente, se sintió la necesidad de un punto de referencia “betharramita” como casa de formación y lugar privilegiado de animación vocacional, además de una apertura a las muchas necesidades sociales: nació así la “Casa San Miguel” en Bouar y pegado, el centro para la prevención de las enfermedades sexualmente transmisibles (SIDA). ¿Qué condiciones los empujaron a estas nuevas aperturas?
- Tenemos la responsabilidad de la parroquia de Fátima desde setiembre de 1996, por una invitación que nos hizo Mons. Gianni. Naturalmente, esta apertura en la ciudad nos permitió confrontarnos con un ambiente diverso de la “brousse” y, sobre todo, nos permitió empezar a recibir a jóvenes que comenzaban a golpear nuestra puerta. Con el tiempo se hizo cada vez más clara la necesidad de tener una casa nuestra, la residencia San Miguel que se abrió en 2010. Esto nos permite tener más espacio para recibir mejor a jóvenes, gracias también a nuevas habitaciones que se abrieron este año.
En la residencia San Miguel, está habilitado desde 2010, el Centro de Salud comunitario “S. Miguel” para enfermos de SIDA. Esta apertura, también fue solicitada por Mons. Gianni y hemos aceptado inmediatamente. En dos años, esta estructura se volvió una referencia nacional, gracias también al laboratorio muy equipado y a la colaboración con el Mosaico de Monteporzio y con dos importantes centros hospitalarios italianos, el Spallanza de Roma y el “San Raffaele” de Milán.
Quisiéramos subrayar que el funcionamiento de este centro está completamente confiado a la Providencia, ya que la asistencia a los enfermos es completamente gratuita; ésta nos abrió muchas puertas, entre otras, la colaboración con el Fondo Mundial para el SIDA.

En este momento, tienen tres residencias pero una sola comunidad; además hay que recordar que entre la residencia de Niem y las dos de Bouar hay alrededor de 70 km. ¿Cómo logran “hacer” comunidad?
- Ciertamente, esta respuesta es la más comprometedora. Es realmente difícil vivir en comunidad con tres residencias y con un superior que está a 70 km de las dos residencias más importantes. Hasta ahora, de todos modos, todos nos hemos asumimos el compromiso de fidelidad al encuentro comunitario mensual y podemos felizmente decir que ningún religioso nunca faltó a esta cita. Hemos marcado los encuentros de animación espiritual en Adviento y en Cuaresma y el Vicario, además, va a Bouar semanalmente. Por supuesto que esto es insuficiente y, después de la reciente visita del Superior Regional, estamos proyectando una nueva estructura para el Vicariato. Claro que las estructuras no pueden hacer mucho si no hay deseo de estar juntos y de servir juntos, cada uno con sus talentos, en la Congregación y en la Iglesia local.

Lo que es admirable es el fuerte compromiso a nivel social. En una realidad marcada por fuertes tensiones y por una pobreza “crónica”, los religiosos betharramita en comunidad viven su compromiso entregados a la evangelización y a la promoción humana. Escuelas de poblado, puesto de salud, TAD (centro de prevención) … ¿Son estas las mayores “emergencias” en el tejido social en el que viven? ¿Por qué, y cuáles son las causas?
- Como ya subrayamos... hace muchos años que la Iglesia Centroafricana puso en evidencia dos prioridades absolutas: la escuela y la salud y, ya desde le comienzo, estas fueron nuestras prioridades también para un servicio lo más eficaz posible a nuestra gente.
Hay que destacar que el Estado Centroafricano está prácticamente ausente, fuera de la capital Bangui, y las iglesias, especialmente la católica, junto con algunas ONG se están comprometiendo a fondo para garantizar un mínimo de dignidad y desarrollo a las poblaciones locales.
Además del compromiso con la escuela y la salud, naturalmente, hay un gran compromiso en la evangelización.

El Capítulo General nos recordó que la “animación vocacional es un compromiso de cada religioso. No tenemos que tener miedo de los jóvenes que nos exigen una conversión continua, para que nuestro testimonio sea cada vez más coherente, para que tengamos una mirada positiva sobre el futuro”. La comunidad se presenta como pro-vocación para los jóvenes?
-Recibir de verdad a los jóvenes, siempre es un desafío y, en nuestro contexto, más aún. El discernimiento vocacional no es sencillo, porque hay que tener en cuenta, entre otras cosas, el bajo nivel escolar de los jóvenes que golpean a nuestra puerta.
Como punto de partida de nuestra acogida de los “aspirantes” (la casa San Miguel recibe a los jóvenes para un período de 2 años, antes de enviarlos, eventualmente, para estudiar en Costa de Marfil) tratamos de estimular a los jóvenes a que se tengan confianza, dándoles la posibilidad de que hagan varios cursos introductorios a una formación humana, religiosa, bíblica, Naturalmente se insiste también sobre la importancia de estar disponibles a los servicios exigidos por la comunidad, y, por supuesto, un trabajo manual saludable…
Algo que llama la atención a los jóvenes que vienen a nuestra casa es nuestro constante empeño en la evangelización y en el servicio de cada hombre sin distinciones de razas o de credo religioso. En este momento, estamos preparando un proyecto de acogida de algunos jóvenes que estarán con nosotros desde setiembre próximo.
Estamos también preparados para recibir de vuelta a los jóvenes en formación que ya pertenecen a nuestra familia religiosa. 



 

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7. LAS INTERVENCIONES EN EL CAPÍTOLO DE 1947 

 

 

El Capítulo de 1947 fue decisivo para la historia de los casi 60 años siguientes de la Congregación. Efectivamente, en él se decretó la subdivisión de la Congregación en Provincias. Más concretamente, a los padres capitulares no se les preguntó cómo subdividir la Congregación o qué agrupaciones nacionales hacer, sino que se les pidió un pronunciamiento de principio, es decir, si había que admitir o no esta forma de gobierno intermedio. Correspondió, de hecho, a lnuevo Consejo General la puesta en práctica de la decisión capitular, como veremos en seguida.
De las intervenciones en las sesiones del Capitulo General, se desprende que toda la asamblea capitular era favorable, salvo voces aisladas, al principio de introducir la subdivisión de la Congregación en Provincias. Las motivaciones más frecuentes eran estas:
•    acabar con el “régimen colonial” (Labouerie) en el que por demasiado tiempo vivió la Congregación, lo que hizo de Europa un reservorio de vocaciones para mantener las obras americanas, y de América una “…colonia concebida para conseguir dinero…”;
•    acabar con el “sistema de exportación” que se desarrolló sobre todo después de la primera guerra mundial, por el cual los novicios y escolásticos americanos, italianos ingleses y españoles eran agrupados para estudiar juntos y “obligados a adaptarse a una mentalidad, a hablar una lengua, a adoptar costumbres no propias”;
•    acabar con un nacionalismo cada vez más invadente, con un “racismo religioso” (Labouerie), “con el malestar que viene del roce entre nacionalidades” (García), que amenazan la estabilidad de la vida de comunidad, irritan los corazones y los ánimos, vuelven difícil un testimonio verdadero y auténtico de vida religiosa;
•    permitir que el espíritu de San Miguel pueda encarnarse en nuevos países, producir frutos excelentes, organizarse in loco y desarrollarse;
•    permitir una mejor y más encarnada animación vocacional con el consecuente aumento de miembros del Instituto;
•    especialmente, permitir que las nuevas generaciones se formen con atención a sus culturas, a la lengua, a las costumbres locales: “Formemos verdaderos betharramitas, en Inglaterra, al estilo inglés, en Francia, al estilo francés, en Italia, al estilo italiano, etc.” (Suberbielle); “Confien en nosotros; les vamos a encontrar hombres” (Lyth); Betharram es el nombre de una familia para la cual debemos y queremos lograr en Italia, una intensidad de vida y un crecimiento y desarrollo de acuerdo con los grandes deseos del Bienaventurado” (Del Grande);
•    permitir una mejor disponibilidad económica y, como consecuencia, un más inteligente y justo compartir de los frutos del trabajo apostólico.
•    responder a una expectativa y vivo deseo de las bases.
Las pocas voces contrarias, por otro lado, temían una fragmentación de la Congregación, el riesgo de una autonomía exagerada que llevaría a “una relajación del espíritu de cuerpo, del espíritu de unidad”; inclusive se aludía al peligro de cisma en la Congregación; fueron inevitables las interminables discusiones capitulares sobre las dificultades económicas que vendrían y que tendrían repercusiones en todo el Instituto.
Sin embargo, la Congregación estaba preparada para dar el gran paso y la decisión fue irrevocable. En el acta de la sesión decisiva de las votaciones, consta: “por escrutinio secreto, el voto sobre el ensayo de las provincias, arroja, sobre 23 votantes, 22 sí y un voto en blanco. En la palabra fina, el M.R.P. calificó esta unanimidad de ‘voto histórico en la vida del Instituto’ y que le parece escuchar la voz del Sagrado Corazón que repite duc in altum (navega mar adentro) dirigido otrora a San Pedro”.

Roberto Cornara

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La redacción es responsabilidad del Consejo General.

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