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14/04/2012

Noticias en Familia - 14 de Abril de 2012

Sumario

 

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La palabra del padre general

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LA CASTIDAD CONSAGRADA

Me parece muy acertado que esta parte de la RdV dedicada a la Castidad comience con la cita de una carta del P. Etchecopar a su hermano Evaristo cuando fue ordenado subdiácono y tuvo que hacer la promesa de celibato. Tenía 23 años. La cita ya fue puesta en la Regla en el año 1969. En la versión actual es un poco más larga. Me parece expresar muy bien los sentimientos con que cada betharramita vivimos hoy la ofrenda de nuestra vida en castidad: llamado, miseria, libertad, respuesta, entrega, castidad, felicidad, signo de contradicción.

Nuestra opción por la castidad se fundamenta en la experiencia de fe: en el encuentro con Jesús que motiva nuestra vocación y da una nueva orientación a nuestra vida. Para nosotros la castidad es un valor, un camino de realización, de alegría, de liberación porque lo hacemos “atraídos por la belleza del amor virginal de Jesús”(art. 30), que vivió virgen y llamó a algunos de sus discípulos  a seguirlo en este camino, que anunció como un gran don de la gracia para mostrar que el Padre era su “único necesario” y para poder servir a los hombres sin condicionantes (art. 29).
Para nosotros lo primero no es la renuncia, sino la donación de nuestra vida al Señor y a los hombres que somos envidaos a servir. Como algunos optan por vivir el amor evangélico, dar la vida por la persona amada, en la unión del Sacramento del matrimonio, nosotros decidimos vivir el mismo amor en una opción por la virginidad,  el celibato y la castidad. Nuestra opción por el amor evangélico nos lleva a relativizar el ejercicio de la genitalidad que es un valor en el matrimonio. Esta opción nos caracteriza como consagrados,  porque nos da una libertad afectiva y podemos amar según el estilo de nuestra vocación (art. 35). Nuestra unión con Cristo hace madura nuestra vida en castidad, si se pierde esta referencia, nuestra vida afectiva y sexual puede hacerse problemática.
Vivimos en este estilo de vida sin considerarnos ni mejores, ni superiores a los demás, “reconociendo y confesando - cada uno su - nulidad, incapacidad y malicia” como dice san Miguel Garicoits (DS 44), conscientes de que la dimensión afectiva y sexual es importante, delicada y enigmática. Por eso practicamos la ascesis cristiana que nos ayuda a conocer y distinguir los pensamientos, los deseos y las pasiones para ir adquiriendo,  en el combate espiritual, el dominio de nosotros mismos (Ga. 5, 23). Seguimos los impulsos que nos ayudan a vivir nuestra vocación y rechazamos los que nos encierran sobre nosotros mismos impidiendo la entrega alegre y generosa de nuestra vida (Arts. 40,41). Conocedores de nuestra fragilidad y confiando en la gracia de nuestra vocación, nos acercamos al sacramento de la reconciliación que nos reconforta con el perdón amoroso de Dios para poder ser fieles a nuestro compromiso.
Aquí, como en los otros votos, es nueva la dimensión comunitaria de la castidad. Nos sentimos convocados por Jesús que nos ha llamado a cada uno a vivir juntos una vida fraterna según el evangelio. Esta fraternidad nos hace responsables los unos de los otros en la fidelidad a nuestra vocación. Esta fraternidad nos ayuda a madurar afectivamente. Esta madurez nos permite, vivir serenos en momentos de soledad, estar atentos a las necesidades de nuestros hermanos y a superar los conflictos inherentes a toda vida comunitaria. El diálogo, la amistad y el compartir la experiencia de Dios nos ayudan a ser más fieles a nuestro proyecto de castidad y más audaces en la misión.
Nuestra vida en virginidad y castidad enriquecen el misterio de comunión misionera que es la Iglesia una y diversa en vocaciones y ministerios (art. 38). El proyecto de vida en castidad se complementa con la vocación matrimonial. Colaboramos al discernimiento vocacional pro-poniendo otra opción de vida. Hacemos crecer el Cuerpo de Cristo, participamos de su fecundidad espiritual acrecentando la Iglesia con nuevos hijos por medio del testimonio y de la misión. Relativizando lo visible, optando por Dios como lo único necesario y anticipando el amor definitivo que nos espera, en la vida entregada a los otros gratuitamente, damos testimonio de la dimensión escatológica de la Iglesia hacia donde caminamos en la esperanza.
En nuestra cultura marcada por el hedonismo, nuestro estilo de vida en castidad plantea preguntas. Nuestra castidad tiene una dimensión de testimonio. Somos signos de contradicción: hay quien valora nuestra vida y hay quien no cree que seamos fieles a nuestra castidad. Los escándalos mediáticos de los últimos tiempos no ayudan a la aceptación de nuestro estilo de vida. Pero no cabe duda que nuestro testimonio  de castidad es profético. El valor de nuestro estilo de vida no depende de la aceptación de los demás, ni de su rechazo. No nos consagramos para que nos consideren mejor, ni para que nos desprecien o persigan. Pero tanto la aceptación como el rechazo o la persecución tienen que ser un estímulo para la fidelidad cristiana.  
Para que este testimonio sea consistente es fundamental el testimonio de alegría en nuestra vida. Esta queda bien expresada en todo el capítulo:
Encontramos nuestra alegría haciendo un don incondicional de nuestra vida (30)… Así con nuestros corazones dilatados por una santa alegría y corriendo para servir a Dios (DS 56)…(33). Para ser felices… y dedicarnos por entero a procurar a los demás la misma felicidad…(37). Tener en cuenta las verdaderas actitudes de cada uno favorece la plenitud en un don alegre de amor (39). Sin una verdadera vida espiritual es imposible la perseverancia alegre (41). ¡Qué feliz soy! ¡Qué feliz soy! (P. Etchecopar, o. c.).

Gaspar Fernández, SCJ

 


 

smichel.jpgSan Miguel Garicoïts escribe... 

Como tenemos que considerar las reglas?

Hay que leer la regla con atención y consideración, después, sin libro, hay que captar el sentido y grabar en la memoria toda la perfección que encierra, para recordarla cuando es necesario y saberla, como si tuviéramos la regla en mano.
(M 327)

 


 

Espiritualidad

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DAR LA VIDA

La comunidad de Villa del Pino (Monteporzio Catone – Vicariato de Italia) festejó en el mes de marzo los veinte años de apertura de las actividades en favor de los enfermos de Sida. En estas circunstancias, el Obispo de Terni, Mons. Vicente Paglia, amigo de mucho tiempo de los Padres de la comunidad y muy cercano a la obra, aceptó compartir sus reflexiones, durante un encuentro. De esta reflexión hemos pensado proponerles algunos pasajes…

Si tuviera que hacer una síntesis, diría cómo nació la amistad entre nosotros (de la comunidad de San Egidio y los Padres de Betharram): nació por el camino que de Jerusalén lleva a Jericó.
Había tres personas, en ese camino: dos de ellas - podrían ser un Obispo y un Religioso, un Obispo y un Párroco o también dos laicos, no importa - al ver a ese hombre herido se fueron, continuaron su camino. Los motivos, no los sabemos. Probablemente, tenían otras cosas que hacer.
Por el contrario, a diferencia del Evangelio, entre nosotros no sucedió así. En el relato de Jesús, uno sólo se detuvo. Hace 20 años, fuimos por lo menos dos. Nos encontramos frente a enfermos que nadie quería, de los cuales todos tenían miedo y que era imposible curar.
Nos encontramos en ese camino. Efectivamente, podríamos decir: el Evangelio tenía razón. El Evangelio, si lo escuchamos, aunque sea un poquito, produce milagros. Nosotros, hoy, aquí, estamos celebrando uno de estos milagros. El milagro de una amistad – y esto es importante – que salvó la vida de todos. ¿Qué es lo que cuenta en la vida? ¿El dinero? No. ¿El poder? No. Lo que cuenta es amar y ser amados. Eso es todo.
Esta amistad nació ese día, pero no simplemente porque nos caímos bien. Esta amistad nació porque miramos los dos en la misma dirección y no nos quedamos mirándonos entre nosotros. Esta es la amistad evangélica que nace cuando dos miran el mismo dolor y se juntan para aliviarlo. De hecho, ¿qué hicimos? Hemos encontrado un “albergue” que podía ser un poco la mesa en la calle Dandolo (en Roma) y un poco la Villa del Pino en Monteporzio. Después encontramos también a los dueños del albergue: El Padre General, los Alcaldes. Ellos permitieron que esas personas encontraran una casa. Que justamente se llamó “Casa-Familia”. De hecho, el verdadero milagro no es el que hace un héroe sino el que hacen hermanos y hermanas que supieron y saben detenerse frente al que necesita, con sus amigos y que encontraron a Alcaldes, a Superiores Generales, que encontraron a tantos voluntarios, amigos y amigas, y todos juntos, contribuyeron a dar su ayuda. Finalmente comprendieron que en ese pobre estaba presente Jesús. Hemos entendido que Jesús no está sólo en el sagrario con la luz prendida. Jesús está también en esos enfermos y la luz prendida somos nosotros, porque tenemos que amarlos, tenemos que iluminar su existencia, tenemos que ayudarlos a crecer en todos los sentidos, a vivir lo más posible.
Y un gesto no alcanza. Aquel samaritano dijo: “Cuídalo; y lo que gastes de más yo te lo voy a pagar a mi vuelta” (Lc 10,35). Y es así como nace una realidad que hace verdadera la amistad, que deja en evidencia el milagro del Evangelio.
Queridos Padres, dar vida o dar más días a los enfermos de Sida, éste es el martirio, porque mártir es aquel que da la vida.
El Concilio Vaticano II pide a todos los cristianos de hoy que sean mártires, es decir que den la vida. A algunos pide has-ta la sangre, pero a todos pide que den vida. ¿No es mártir, acaso, una mamá que concibe un niño, que lo engendra, que lo amamanta, que cuida de él? ¿No es esto dar vida? ¿No es esto un martirio? Y entonces, ¿no es mártir también cualquiera de nosotros que se comprometa de manera apasionada en dar la vida a los que nos rodean, y, más todavía, en dar la vida a aquellos a quienes se la quitan? A lo mejor porque no tiene que comer, a lo mejor porque es excluído, a lo mejor porque es abandonado. Hoy creo que gestos como éste, obras como éstas son el martirio que hacen a la Iglesia linda y santa. Esta, queridos amigos, es la Iglesia.
Por esto, gracias a la Congregación. Gracias, Padres; pero el gracias más lindo se lo dicen desde el cielo los muchos huéspedes que pasaron por esta casa. Gracias lo decimos también nosotros, hoy, que estamos aquí recordando estos veinte años de amor, de pasión, estos veinte años que significaron vida también aquí, en Monteporzio.

Mgr Vincenzo Paglia
(Obispo de Terni)



Espiritualidad laical

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SER VOLUNTARIOS EN LA CASA-FAMILIA

A lo largo de estos veinte años, 82 personas con sida, sin casa propia, sin el apoyo de una familia ni cualquier otro apoyo, fueron recibidas en monteporzio (italia) por una comunidad compuesta no sólo por religiosos betharramitas, sino también por muchos operadores, enfermeros y laicos. compartiendo las dificultades y emociones de esta obra, todos juntos elaboraron una “filosofía de la cura”. vamos a repasar su aventura, a través de la voz de dos voluntarios de primera hora.

No es fácil describir las razones que nos llevan a ser voluntarios en una Casa-Familia que recibe a personas con Sida. Asistir a estas personas, parece no corresponder, en el imaginario colectivo, a esas situaciones que involucran emotivamente en sentido positivo, como podría ser el cuidado de niños abandonados, de minusválidos, de ancianos, de todas esas condiciones que, de alguna manera, le “sucedieron” a las personas contra de su voluntad.
¡Cuántas veces escuchamos decir: “Se lo buscaron”, o “Es por su culpa” y otras cosas semejantes! En la mentalidad común no parece posible encontrar motivos positivos para ocuparse no sólo del problema sino también de las personas infectadas por el Sida.
Para nosotros, todo comenzó en marzo de 1992, cuando los Padres de Betharram, promotores de la Casa-Familia, presentaron en la Sala de Consejo de nuestra municipalidad de Mote Porzio Catone, la iniciativa que estaban emprendiendo para asistir a personas con Sida. Participamos del debate con el interés de quien trata de conocer, pero también de comprender la realidad que nos rodeaba. Gracias a las mociones de personas competentes y apasionadas que habían intuido el amplio alcance del problema, comprendimos que se estaba asomando en la historia de la humanidad una aventura que dejaría una grande marca y por mucho tiempo. Es sabido que el entusiasmo de los jóvenes es contagioso y esa misma tarde, aceptamos la invitación de algunos de ellos a visitar la estructura que hospedaba la Casa-Familia. Fue así como conocimos a Giancarlo, uno de los primeros huéspedes, uno de los “muchachos” como siempre los llamamos. Giancarlo vino a nuestro encuentro saludándonos alegremente y, cuando llegó el momento de partir, nos preguntó: “¿Cuándo nos volvemos a ver?” Nos dimos cuenta, en ese momento, que no estábamos frente a un problema inquietante, de alguna manera abstracto, sino frente a una persona verdadera, de carne y huesos, con su historia, con su vida, sus deseos, sus necesidades, como muchas otras personas que nos cuestionaron, que nos pidieron que reaccionemos pidiendo nuestra respuesta.
Fue en ese primer encuentro donde se nos entregó el proyecto de la Casa-Familia, para que lo conociéramos, para asumirlo interiorizando su espíritu. En el prefacio, el Proyecto decía: “… El Espíritu Santo suscitó en la Iglesia una Familia Religiosa que tiene como misión la de reproducir y manifestar el impulso del Verbo Encarnado… Permanecemos a la escucha de los hombres de nuestro tiempo, en humilde y verdadera presencia a sus vidas; queremos compartir ‘las alegrías y las esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres’. Pero ¡cuidado! Frente a problemas de tan grandes proporciones, como es el fenómeno del Sida en Italia, se puede hablar de acogida, de esperanzas y de salvación en la medida en que, junto con estas afirmaciones de principio, se toman opciones globales, opciones de comunidad que hay que tomar y por las cuales hay que pelear, de otra manera todos seremos menos verdaderos, menos cristianos, menos fieles a nuestra vocación. Entonces, la experiencia comunitaria se hace insubstituible y en esto, tenemos para ofrecer un precioso testimonio dado que nuestra vida común tiene valor de signo y seremos testigos de eso… con nuestra caridad fraterna… Por otro lado, el que cree que no tiene que pagar en su persona la construcción de un futuro mejor, es un iluso…”
Desde los primeros tiempos de nuestro compromiso como voluntarios en Casa-Familia, particularmente al tener que contar con la muerte y el gran sufrimiento que parecía, en esa época, como el punto de llegada inevitable, tan rápido como dramático de esa enfermedad, hemos sentido con mucha fuerza la necesidad de tener un pensamiento guía, un “Documento base”, que retomara las motivaciones del compromiso y dictara las líneas que pusieran al otro, en el centro, y particularmente a los personas afectadas por el Sida.
Bajo la guía y el ejemplo de los Padres de Betharram, entendimos e interiorizamos la importancia de acompañar a las personas no sólo en su condición de enfermos, sino sobre todo de personas en su totalidad, que necesitan cuidados físicos pero también apoyo humano y espiritual, a la búsqueda de una nueva calidad de vida, a pesar de una expectativa breve. Fue el mucho tiempo pasado en contacto con “los muchachos”, haciéndonos sus compañeros, entreteniéndolos y jugando con ellos, pero sobre todo escuchando su historia, como fuimos llevados a elegir, cada uno según sus capacidades y tendencias, dar vida a extraordinarios momentos de convivencia. Nunca hubo Navidad o Pascua, Aniversario de la Casa-Familia o Día Mundial de lucha contra el Sida, sin una celebración juntos, sin oración común y fiesta para involucrar a amigos y conocidos, organizaciones e instituciones, en fin, el país entero. Pero la verdadera convivencia y acompañamiento los vivimos en la cotidiana construcción de tantos proyectos, junto con los huéspedes de la Casa-Familia: - la preparación del almuerzo dominical; - las “invasiones al atardecer” bajo pretexto de reuniones de trabajo; - las vigilias y celebraciones para la elaboración de tantos duelos; - el taller ocupacional y el negocio ecuosolidario; - las ferias en la plaza y las mesas informativas.
Lamentablemente, cada vez que lográbamos conocer a fondo y familiarizar con algún “muchacho” de la Casa-Familia, alguna de las patologías conexas con el Sida se lo llevaba, inexorablemente, una vez uno, una vez otro de nuestros amigos. Ahora creemos que esta experiencia tan diferente de las condiciones cotidianas, de vínculos que se rompen uno después de otro, ni bien se van formando, fue una de las razones que hicieron, de alguna manera, tan particular y único el servicio de voluntariado en la Casa-Familia y que contribuyó, en gran medida, a poner en dificultad a muchos voluntarios de la primera hora, que, al final, se alejaron.
Entendimos que, sin una gran fuerza anímica y sin motivaciones muy profundas, el voluntariado en la Casa-Familia, es una eventualidad ocasional y fugaz…
Ya al primer contacto con la Casa-Familia, quedarse para actuar como voluntario significa encontrar motivos fuertes para continuar, reelaborando un proceso de participación que, aún sin negar la aproximación emotiva, encuentra en el crecimiento humano y espiritual de los muchachos un motivo o, mejor, “el motivo” racional del compromiso. No podemos negar, en relación a eso, que las razones fuertes de la motivación las encontramos en la opción religiosa de los Padres de Betharram traducida, día tras día, en actos de solidaridad y de trabajo.
Ya hace veinte años que los Padres de la Casa-Familia “Villa del Pino” y los voluntarios de la Asociación El Mosaico caminan juntos.

Antonio et Caterina Vicari

A partir del artículo publicado en el libro "Le Cure amorevoli per persone con Aids" por l’aniversario de la opera de Monteporzio

Caterina et Antonio Vicari


5 minutos con...

... la comunidad volante en la pastoral educativa del Vicariato de Argentina y Uruguay

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Desde hace algunos años, el Vicariato de Argentina-Uruguay reestructuró su presencia en el lugar reuniendo las comunidades, de acuerdo con la misión que desarrollan. Nacieron así tres comunidades: una llamada “comunidad volante en pastoral educativa”, otra “comunidad de formación y noviciado regional” y la “comunidad misionera itinerante”. En este número presentamos la vida y la misión de la “Comunidad volante en pastoral educativa”, formada por tres residencias: Barracas, San Juan Bautista y Montevideo. El Superior de la comunidad es el P. Bruno Ierullo.

NEF: ¿Cómo nació esta comunidad?
- Desde hace muchos años en Argentina y Uruguay se estuvo en “estado de discernimiento de personas y obras”. Proceso que no ha sido fácil por muchos motivos, y sobre todo porque siendo un número reducido de religiosos, son muchas y grandes las obras que se llevan adelante, sobre todo en el ámbito educativo. Con más de 6000 alumnos y unos 800 empleados. En el capítulo provincial de 2007 se hace la opción mencionada, y las comunidades se reducen a tres, una es la “Comunidad religiosa en pastoral educativa”. Así nace.

¿Cuál es el ministerio específico de ustedes? 
- Desde hace años todo lo que sea “gestión” (administrativa, pedagógica, pastoral), la llevan a delante los laicos. En ningún colegio hay comunidad religiosa. Los religiosos llevamos adelante lo que significa la pastoral sacramental, el acompañamiento – directivos, docentes alumnos, padres –; una asistencia particular a los coordinadores pastorales, y catequistas, presencia pastoral en los encuetros, jornadas, campamentos que se organizan para los alumnos, o para otros estamentos de la comunidad educativa. Los religiosos queremos garantizar un colegio en pastoral, con el carisma y espiritualidad betharramita. Para esta misión es importante la itinerancia (camp volant) los religiosos nos ponemos de acuerdo dónde vamos cada uno y en lo posible al menos de a dos. En cada colegio existe un religioso “referente” ante la comunidad educativa, y participa- del  equipo de conducción y reuniones de directivos, y establece vínculos con las entidades religiosas y las diócesis.

¿Cómo se organiza su vida comunitaria?
- Tenemos conciencia que somos una comunidad itinerante sin embargo también somos conscientes de nuestra Vida Religiosa y sus exigencias. Sólo a partir de un Proyecto Comunitario podemos vivir la fraternidad y realizar la misión. Actualmente estamos evaluando el nuestro, que habíamos hecho, y ahora después de tres años de experiencia comenzamos a reelaborarlo. Para ello nos hemos reunido dos días completos en el mes de febrero: tuvimos un momentos de oración profundo, y en ese clima cada uno manifestó cómo se siente y como está viviendo esta experiencia.
La experiencia se la ve positiva. Pero es fatigosa. Hemos priorizado en estos años los encuentros semanales de toda una mañana: orar, compartir, celebrar y almorzar. Pero vimos que los teníamos que fortalecer, por eso nos reunimos dos lunes por mes pero todo el día, para que el encuentro sea más profundo.
Sabemos que cada residencia debe organizar momentos comunes... y sentirse en comunión con las otras, por ese motivo valorizamos la presencia de un asistente que hemos elegido los religiosos, de modo que siempre alquien “convoque”. Los grandes encuentros entre nosotros son como “un cenáculo” en el que nos alimentamos, somos enviados y volvemos.

En la práctica, el motor de la misión educativa es la fuerte colaboración entre los religiosos betharramitas y los laicos: ¿cómo se va dando?
- Después de tantos años la colaboración se desarrolla de una manera normal. Hay dos niveles de relación con los laicos en la Misión compartida: los laicos que tienen tareas podemos decir “profesionales” – asalaridos -  Representantes Legales, Directores y Asesores Pedagógicos, Coordinadores Pastorales, catequistas, docentes... y los laicos que desde la “gratuidad y generosidad” colaboran.
Para facilitar una organización y una conducción en valores y desde el carisma, tenemos encuentros específicos de formación:  en el mes de febrero encuentro de dos días con todos los que dirigen la gestión, la conducción pedagógica y la pastoral y catequesis y los religiosos (unas 80 persona); Todos los meses una mañana entera con todos los R. Legales y Dir. Generales; Dos veces al año Directores pedagógicos, coordinadores pastorales y catequistas; Una vez  por mes el Equipo pastoral educativa.
A los docentes en general se los convoca en circunstancias distintas... se crean espacios para ellos, y siempre hay un momento de reflexión y formación en las reuniones de los docentes...

¿Tienen también laicos voluntarios, a su lado?
- Son muchos porque sobre todo se mueven a nivel de pastoral juvenil, misionera, de formación de líderes, de solidaridad etc. Y en este mundo hay muchos jóvenes que tienen distintos encuentros de formación y luego acompañan a los más pequeños. Hay grupos de padres que  sirven en la solidaridad desde el carisma.
Hay que señalar a cientos de docentes que desde la “gratuidad” acompañan a los chicos y chicas en campamentos, jornadas o encuentros.
Sin la presencia de tantos laicos difícilmente se podría llevar adelante estos cambios y esta continuidad de servicio educativo y del acompañamiento de jóvenes.

La presencia betharramita en las escuelas tiene una historia muy importante. En el pasado, trabajaban muchos religiosos que integraban la comunidad. Al estar formada por doce religiosos distribuidos en tres residencias, ¿su comunidad se concentra en lo esencial?
- Efectivamente, y es un gran desafío: garantizar la calidad de enseñanza, y la calidad de formación – humana y cristiana – a través de los laicos que están con nosotros. Lo importante no es que haya “religiosos cama adentro”, sino que les cumplamos con la propuesta de formación. Y en esto la cosa es clara, los religiosos que estamos somos los garantes del carisma y la espiritualidad, y debemos formar a los otros en ese compromiso, y ellos deben ser los multiplicadores.

De la experiencia de una comunidad como la de ustedes, surge que la misión como al vida religiosa exigen un constante esfuerzo de reflexión y de evaluación. ¿Disponen ustedes de algún instrumento?
- Pour dire vrai, nous mettons en avant la nécessité pour les religieux de se former de façon permanente et comme des religieux qui ont à interagir avec les laïcs. Grâce à Dieu, les différentes équipes travaillent suffisamment en réseau ; il nous arrive très fréquemment d’agir ensemble. Et ceci est la manifestation de la bonne relation et de l’esprit de communauté qui existe entre nous. Nous vivons ensemble d’ailleurs les moments de formation permanente organisés par le Vicariat.

El último Capítulo fue muy sensible a la misión educativa. Se puede ver, en el artículo 118 de la nueva Regla de Vida. ¿Cómo vive esta sensibilidad la comunidad de ustedes?
- En la gran disponibilidad que tenemos  cada uno de los religiosos que como “camp volant”, vamos de colegio en colegio, “ejerciendo la inmensidad de la caridad en los límites” ... lo que podemos dar lo damos con mucha generosidad.  Tal vez como somos menos, se ve mucho más la preocupación y sensibilidad de servir en la misión educativa.

Desarrollando su misión en contacto cercano con los jóvenes, la comunidad ¿tendrá particular preocupación por la pastoral vocacional?
- Es una consecuencia de todo lo que hacemos. Lo que se hace con entrega y alegría … y eso se ve … Y hoy descubrimos una gran sensibilidad entre los jóvenes por una vocación cristiana más comprometida… y eso da esperanza: durante el año la mayoría de nuestros colegios hace la experiencia solidaria entre los más necesitados durante una semana…  Los jóvenes ven cómo somos… Y así y todo nos siguen acompañando como animadores o misioneros. Y otro aspecto importante de los últimos años, es el trabajo que hace el P. Sebastián en los colegios que es el acompañamiento personal, y los frutos se ven en jóvenes más comprometidos.

 




 

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4. EL DESARROLLO DEL CAPÍTULO GENERAL DEL 1903 

Cuatro días antes de la expulsión definitiva de los Padres de Betharram, el 10 de agosto de 1903 se abrió en Irún, España, un Capítulo decisivo para la historia de la Congregacion.
Esperando lo peor, el Superior General,  el P. Victor Bourdenne, y su Consejo habían ya tomado medidas importantes para dar una casa a los religiosos que, en ese medio tiempo, habían sido expulsados de Francia. Fue así como, ya desde la primavera de 1903, habían sido fundadas dos nuevas residencias en el extranjero; en España, a poca distancia de la frontera con Francia, se abrió una residencia llamada “Buena Vista”, en Irún donde fueron recibidos los religiosos ancianos y una parte de la escuela apostólica; en Bélgica, en Lesves, se abrió una comunidad que recibió el resto de la escuela apostólica, el grupo de los más grandes.
Los Padres capitulares tenían que decidir sobre tres cuestiones de extrema importancia.
En primer lugar, la salvaguardia de la propiedad de los inmuebles de Betharram la casa madre, el corazón de la Congregación, que incluían el Santuario, el Colegio fundado por San Miguel, el monasterio y la casa de los Misioneros. El Capítulo decidió la constitución de una asociación que compraría, en nombre de la Congregación, los bienes inmuebles rematados por el Estado. Para este esfuerzo económico no indiferente, se pidió la ayuda de las residencias americanas.
En segundo lugar, pero no menos importante, había que decidir de las medidas necesarias para salvaguardar la vida religiosa de un centenar de religiosos y, cosa tan urgente como la otra, procurar darles nuevas oportunidades de misión. El Capítulo decidió la fundación en Inglaterra, para donde partiría un grupo de misioneros a disposición de los obispos y de la Iglesia local. Además, el Capítulo aprobó la decisión de dar respuestas a diferentes pedidos de los Obispos. Consecuencia de la expulsión y de las decisiones capitulares fue, por lo tanto, la apertura de residencias betharramitas en nuevos países. En Italia se abrió la residencia de Traona para establecer una escuela apostólica y, en Roma, la residencia del Procurador General. En Paraguay, se abrió, en 1904, el Colegio San José y, en Argentina, otro colegio, en la Plata, siempre dedicado a San José.
Finalmente, el Capítulo tenía la necesidad de garantizar la regularidad de la formación y de los estudios de los jóvenes del Instituto. Para eso los padres capitulares confirmaron la elección del Consejo General de abrir dos seminarios menores, en Irún (España) y en Lesves (Bélgica); el noviciado fue trasladado a Belén, donde ya estaba la mayor parte del Seminario Mayor; mientras tanto se intensificó el escolasticado que se había abierto en Buenos Aires. No hay que olvidar que en Italia y en Inglaterra se abrieron posteriormente dos seminarios menores, lo que hizo que la Congregación fuera cada vez más internacional.
En un momento de dificultad extrema, la Congregación betharramita logró tomar las medidas más oportunas y aptas para salvar y continuar la obra de San Miguel y del P. Etchecopar. Además, la expulsión de Francia y las decisiones del Capítulo estuvieron cargadas de consecuencias positivas para la Congregación; fue a partir de la expulsión que la Congregación pudo asumir un carácter internacional, con nuevos países que se asomaron a la misión de Betharram (España, Bélgica, Inglaterra, Paraguay) y, como consecuencia, nuevas vocaciones. Con sabiduría, el P. Estrate comentaba la expulsión con estas palabras:
Sin la persecución, ¿habríamos pensado en Inglaterra y en Italia? Dios nos expulsó, por lo tanto, para dispersarnos un poco en todos los países. Con el tiempo, y no tendremos que esperar demasiado, tendremos vocaciones en estos países. Inglaterra e Italia nos darán óptimos elementos.

Roberto Cornara

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