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17/01/2017

La Palabra del Superior General

Cómo es profética la vida consagrada

El Papa Francesco insiste en calificar la vida Consagrada de “profética”. Es interesante que tratemos de reflexionar sobre esta dimensión de nuestro estilo de vida. La tradición refiere la vida monástica a Elías y Juan Bautista. San Bernardo habla de profetismo de la vida consagrada no sólo por los rasgos exteriores, sino sobre todo por los motivos interiores: buscar el rostro de Dios, ver más allá de lo visible y de lo presente, para alcanzar lo invisible y lo futuro.

El magisterio post-conciliar comienza a hablar de la profecía de la vida consagrada en la instrucción Religiosos y promoción humana de 1980. En el Sínodo de 1994, el tema de la profecía de la vida consagrada emerge con fuerza sobre todo en el Instrumentum laboris y en el debate en el aula. Es de destacar una intervención del Cardenal Ratzinger que resalta tres elementos: Toda profecía verdadera procede de una íntima amistad con Dios; la labor del profeta es doble: “dar a conocer la voluntad de Dios” e “interpretar la palabra de Dios en las circunstancias concretas”; “Cada acción profética verdadera deja ver a Cristo e introduce en su misterio pascual.”

San Juan Pablo II publicó en 1996 la exhortación apostólica Vita consecrata y en ella abundan las referencias a la profecía de este estilo de vida. Cuando hoy hablamos de profetismo de la vida consagrada, nos referimos a la relación específica con la historia que caracteriza dicho estado de vida tanto en la Iglesia como en el mundo. La exhortación aporta elementos para elaborar tres modelos proféticos.

Primer modelo: por la profesión de los consejos evangélicos. La profecía consistiría en testimoniar un modo de vivir y de actuar alternativo al propuesto por el mundo y la cultura contemporánea. Signo claro, visible y reconocible; tiene el riesgo de caer en un moralismo y en considerarnos los mejores por profesar esa vida. Porque no todo lo que hay en el mundo es negativo, no hay que enfrentar sino dialogar, construir la cultura del encuentro.

Segundo modelo. Por la relación de amistad íntima con Dios, la profecía consistiría en la capacidad de interpretar la historia a la luz de la experiencia de Dios. Se trata de saber captar en las nuevas situaciones del mundo de hoy los llamados del Espíritu para “traducirlos después con valentía en opciones coherentes, tanto con el carisma original, como con las exigencias de la situación histórica concreta” (VC 73). No es nada evidente que los consagrados por su vocación, la formación cultural recibida y las actividades que generalmente desempeñan, sean las personas más capaces y más dotadas para desempeñar esta función en la Iglesia.

Tercer modelo. El profetismo de la vida consagrada se fundamenta en su tensión escatológica (VC. 26-27): la virginidad entendida como anticipación del mundo definitivo y la tensión escatológica se convierte en misión para que el Reino se afirme de modo creciente aquí y ahora. Este modelo vuelve a colocar en el centro el elemento propio de la vida consagrada, que es al mismo tiempo, su factor de renovación ad intra y ad extra. La escatología es una dimensión esencial de la fe cristiana. Se trata de restablecer el origen divino y transcendental de la fe y por consiguiente reconocer la primacía de la acción de Dios en la historia.

Los tres modelos pueden manifestar una atracción profética fuerte. El tercer parece ser el más adecuado de la originalidad de la vida consagrada. Religioso es aquél que vive no de una presencia, sino de una ausencia, fundamentándose no en lo que es visible, sino invisible. Hay un no ver y un no saber que es constitutivo del modo de estar en el mundo del religioso. Es “el ya y todavía no” que se expresa con la paradoja y el oxímoron.

El profetismo en ese sentido es un mirar hacia adelante, más allá de la realidad mundana, hacia lo posible prometido y esperado. Esto no significa desinterés, ni mucho menos desprecio del mundo, sino libertad respecto a los esquemas mundanos “los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran. Porque la apariencia de este mundo es pasajera” (1Cor. 7,31). “Nada te turbe…;la paciencia todo lo alcanza…:sólo Dios basta”. Paciencia aquí no significa resignación, sino más bien acogida de la realidad en la espera y en la esperanza de que Dios va a intervenir. Es el significado de la palabra hypomoné que etimológicamente significa “permanecer debajo”, llevar el peso de la realidad en que vivimos pero en espera de un cambio, una liberación obrada por Dios. La tensión escatológica que recorre la vida consagrada es una forma de amor radical por el mundo y la historia. El consagrado, a imagen de Cristo y unido a El, se hace cargo de las personas y las lleva consigo en el esfuerzo y la esperanza de alcanzar juntos, la meta del Reino. El consagrado lleva en su vida una diversidad que ni es, ni quiere ser: separación del otro, ni asimilación con el otro, sino “hacerse cargo”, hacer del otro el peso que tiene que llevar sobre los hombros con el amor del buen samaritano o del buen pastor. Antes que decisiones valientes, necesitamos coherencia lógica, que supone una lucidez de pensamiento más que una audacia de voluntad. Nos encontramos con una vida consagrada que hace un poco de todo. Esta situación no es ni profética ni viable y está llamada a extinguirse naturalmente o a transformarse. Tenemos que sustituir las estrategias de mantenimiento con estrategias de formación que permitan a los consagrados, o por lo menos a la parte más sana y válida de ellos, preguntarse por el sentido de su vocación, actuar un discernimiento serio y poner en marcha decisiones de vida concretas. La preocupación por el mantenimiento nos lleva a descuidar, muchas veces, la promoción de un proceso de crecimiento y madurez de nuestra identidad de consagrados del que sólo pueden derivarse novedades capaces de transformar nuestros espacios. Es más fácil tratar de ordenar espacios que poner en marcha procesos históricos capaces de fructificar en acontecimientos históricos. Para eso se necesitan “convicciones claras y tenaces”, ya que como dice el Papa Francisco: “El tiempo es superior al espacio”.

La vida consagrada debe renovar sobre todo su índole escatológica. Necesitamos elaborar una teología y una espiritualidad de la espera. Tenemos que ser capaces de ir más allá de las obras, del ministerio sacerdotal, del ser agentes sociales… y concentrarnos en nuestro ser religioso en cuanto tal. Descubriríamos como original la capacidad de permanecer en la historia sin escapar de ella y al mismo tiempo sin confundirse con ella, “haciéndonos cargo” de los sufrimientos y los interrogantes sin respuesta. En un mundo donde todo es discontinuidad y ruptura, nosotros no podemos seguir en la lógica del mantenimiento y la continuidad institucional y clerical. El profetismo pasa por este “valle oscuro” (Sal. 23, 4), por este exilio, por este camino en el desierto que están repletos de las promesas de Dios, en la medida en que no son proyectos humanos. Necesitamos detener y reflexionar, necesitamos una interrupción porque hay que “derribar y demoler”, “edificar y plantar” (Jer. 1, 10), pero todavía no sabemos qué, cómo, dónde y cuándo hacerlo. La ruptura está en la historia: Nosotros podemos elegir si queremos dejarnos llevar por la historia o si decidimos echar el ancla para poder volver a calcular la ruta. Hay momentos en los que la única forma de profecía posible es detenerse y sorprenderse (Is. 29, 9-12). Es el momento de la “paciencia”, del “permanecer debajo” de la carga y esperar, y de este modo ser radicales en la profecía.(1)

Isaías: La ceguera del pueblo

 

9 ¡Pásmense y quédense pasmados, enceguézcanse y quédense ciegos! ¡Embriáguense, pero no con vino, vacilen, pero no por la bebida!
10 Porque el Señor ha derramado sobre ustedes un espíritu de letargo, les ha cerrado los ojos – a los profetas – les ha cubierto sus cabezas – a los videntes –
11 y toda visión es para ustedes como las palabras de un libro sellado. Se lo dan a uno que sabe leer, diciéndole: «Lee esto». Pero él responde: «No puedo, porque el libro está sellado».
12 Le dan el libro a uno que no sabe leer, diciéndole: «Lee esto». Y él responde: «No sé leer».

Gaspar Fernández Pérez scj 
Superior General

 

(1) Esta reflexión es el resumen de la conferencia dada por el P. Saverio Cannistrà ocd, Superior general de los Carmelitas descalzos en la asamblea de la USG, Mayo 2016

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