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Gustavo Papa 01
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16/06/2016

La Regla vivida

Obediencia y libertad

Ante la casa de Belén, el P. José Kumar Johnrose scj (izquierda), en la foto con el P. Jean-Paul Kissi scj, últimamente nombrado Maestro de novicios de la Región San Miguel Garicoits.

En octubre de 2014, el Padre José Kumar scj recibía su mandato misionero para integrar la comunidad internacional en Tierra Santa, pedida por el Capítulo General de 2011. Desde entonces ha pasado el tiempo. la comunidad se ha constituido y crece gracias a la disponibilidad de cada uno. Les presentamos “no grandiosos progresos, ni proclamas grandilocuentes”, sino el testimonio de vida religiosa dado con mucha claridad… Además, como muy bien sabe cada betharramita, la Providencia avanza “con pequeñas cosas sencillas que parecen no ir a ningún sitio. Pero, de pronto, todo sigue y sigue también, lent, silenciosamente, durante treinta años,… en Nazaret.”

Artículo 64
Vivimos la obediencia religiosa en la perspectiva del misterio de la Encarnación. Unidos a Cristo por el ofrecimiento de todo nuestro ser en el amor, nos hacemos libres renunciando a nuestras aspiraciones más legítimas por fidelidad a la misión de la comunidad. Así nos hacemos realmente discípulos de Jesús “que caminan con el corazón lleno de santa alegría, que corren y vuelan al servicio de Dios”. 

Artículo 65 
La obediencia evangélica lleva al desarrollo de la persona y de todas nuestras facultades humanas. Reclama una inteligencia lúcida para un buen discernimiento, una voluntad firme para vivir la fidelidad y un corazón totalmente orientado hacia la misión. Confía en la gracia para reconocer en los acontecimientos y en las personas los llamados de Dios y para responder positivamente en la fe a nuestros superiores.

Era el 12 de enero de 2015. Cuando comencé a esforzarme para aprender la lengua Hebraica en un instituto de la ciudad de Haifa, esta fue la conversación que tuve con mi profesora. “¿Por qué estás aquí, en Israel?”“Mi Superior General me envió aquí”, respondí.“¿Qué va a hacer aquí, en Israel?”, insistió la profesora.“Dios me lo dirá. Yo sólo tengo que escucharlo cuando me habla por medio de las palabras de su Vicario. Por ahora, personalmente, todavía no lo tengo claro”, fue mi respuesta.

Un poco confundida por las palabras Superior General y Vicario, ya que no tenía la menor idea del significado de estas palabras, de la vida religiosa, mi profesora siguió con sus preguntas y también se unieron a ella mis compañeros de curso, que eran nuevos inmigrantes hebreos en Israel, curiosos por escuchar mis respuestas. Estaba casi seguro que no entendían mucho lo que decía. Sin embargo, al final del diálogo, la profesora, sorprendida, soltó una carcajada y dijo: “Sólo personas como ustedes pueden hacer estas cosas. En este mundo lleno de expectativas, dar la prioridad a la voluntad común y no al deseo individual, merece ser respetado: Estaba muy contento por la admiración de la clase, pero dentro de mí, sabía bien que vivir la obediencia como los describía esa profesora, no era tan simple. Sabía que la obediencia implica una gran capacidad de compartir, de reflexionar atentamente, de decidir en consciencia y de someterse como hijo.

Mientras comparto mis reflexiones sobre el voto de obediencia, permítanme que me presente a los hermanos que leen este testimonio. Soy un religioso betharramita del Vicariato de la India y fui enviado por el Superior General al Vicariato de Tierra Santa. Mi presencia en Tierra Santa es, en sí mismo, el resultado de la obediencia betharramita. Si el Superior General me hubiera pedido que fuera a Israel para un año de estudios, hubiera sido simplemente una gira turística y una visita agradable, porque también me interesaba aprender el Hebraico. Pero cuando se me pidió que viniera por un período más largo, mi respuesta afirmativa implicaba un sincero llamado a satisfacer las exigencias de la obediencia religiosa vinculada a una lúcida reflexión sobre la futura misión.

Ahora, estoy viviendo en la parroquia de San José, en Shefa-‘Amr, cerca de Nazaret. En la comunidad somos tres religiosos: el P. Firmin Bourguinat, francés, es el superior y el P. Elie Kurzum, israelita, es el párroco. Se trata de una pequeña parroquia de 90 familias. Al ser una ciudad árabe, en todas las actividades se usa el árabe. Aunque ahora estoy en condición de hablar un poco en hebreo, esto no me sirve mucho, en términos de utilidad pastoral. Por eso, mi participación es más dentro de la vida comunitaria. Esto requiere para mí y para todos mucha claridad sobre el dinamismo comunitario. En esto el nivel de la práctica del voto de obediencia determina el nivel de la alegría. La obediencia da sus frutos de diversas maneras. Lo hacemos visible en nuestra oración de todos los días, en la celebración diaria de la Eucaristía, en los encuentros comunitarios regulares y, naturalmente, compartiendo las comidas. Nuestra obediencia filial, como individuos y como comunidad, se manifiesta todos los días en estos elementos pequeños, pero importantes, de la vida comunitaria. El próximo paso a realizar, será el de preguntarme si el fruto de mi sumisión religiosa anima mi espíritu misionero. La respuesta es un claro “sí”. ¿Por qué? Porque es esta actitud la que modifica mis ideas de misión en una tierra desconocida. A veces voy a celebrar la Eucaristía en una comunidad indiana, de lengua Konkani, inmigrada a Israel. En otras ocasiones fui llamado a celebrar la eucaristía en lengua Malayalam. No es fácil responder a estos pedidos, porque yo nunca estudié estas lenguas. Hice algunas experiencias con estas colectividades, cuando todavía estaba en la India, pero eso no alcanza en lo más mínimo como para ofrecer un ministerio pastoral.

Entonces me abandono a la Providencia de Dios y someto mi voluntad a sus grandes designios. Mis hermanos me apoyan en mi actividad porque también ellos creen en la sumisión a la voluntad de Dios.

Tengo que reconocer también que mi idea de obediencia se confronta con los otros miembros de la comunidad y se va transformando. Me inspiro en la gran experiencia de mis hermanos más ancianos. A veces, siento mucha alegría al sacrificar mis proyectos para hacer lo que la comunidad espera de mí. Al mismo tiempo, otras veces, siento satisfacción al ver como mis hermanos se adaptan a mis puntos de vista en algunos proyectos. A veces es difícil renunciar. Al mismo tiempo esa renuncia es causa de una alegría más grande. De hecho, considero que no hay verdadero amor o verdadera obediencia si nuestro falso ego no es aguijoneado dentro de nosotros.

En conclusión, estoy seguro de que mi vocación consiste en ponerme al servicio de la misión libre y responsablemente, aprendiendo a pasar de los que me gusta a lo que le gusta al Padre. “No hay contradicción entre obediencia y libertad” (cf. RdV, 63). Pero poner en práctica este principio, exige un proceso gradual en mi ser misionero Betharramita.

Johnrose José Kumar scj

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