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14/09/2017

La Palabra del Superior General

Al encuentro de la vida en un contexto de crisis

Al encuentro de la vida en un contexto de crisis

Queridos Betharramitas,

Hace algún tiempo, cuando comencé a trabajar en la Región V.P. Etchecopar como Regional, asistí a un encuentro de la Conferencia de Religiosos y Religiosas de Argentina. Un teólogo belga radicado en Perú - Latinoamérica, llamado Pedro Arnold, nos habló allí de la Vida Consagrada en tiempos de crisis. Como él se especializaba en Teología Andina utilizó para caracterizar la situación una imagen propia de su cultura: dijo que los cristianos debíamos “aprender a bailar durante el terremoto”. Era una expresión tan rara como elocuente, una propuesta optimista pero difícil de llevar a cabo. Personalmente, una sola vez en la vida asistí a un temblor de tierra (algo frecuente en la cordillera de los Andes) y no es nada agradable. No da ganas de bailar, sino de salir corriendo o de meterse debajo de la cama. Uno espera que pare pronto y definitivamente. Pero siempre hay una réplica… Así también ocurre con la mentada “crisis-terremoto” que se viene extendiendo desde hace varios años…

Pasaron ocho exactamente, y en 2017 la CIVCSVA nos propuso otro icono:  “A vino nuevo, odres nuevos”.  Esta imagen bíblica tan conocida, nos quiere remitir a la situación en que se encuentran muchas congregaciones hoy, incluso la nuestra. En efecto, la “ley de libertad” que evoca Jesús para la extensión del Reino es encarnada por personas que son como el “Vino Nuevo”, por otro lado, las formas institucionales, religiosas y simbólicas son “los odres”, llamados a contenerlo con renovada elasticidad. Se trata de una VC en la que ese vino, expresado por las nuevas generaciones de religiosos busca en nuestra comunidad fermentar, respirar y madurar como si estuviese en esos odres “de piel suave”. Toda nuestra vida tiene que poder dilatarse para que madure el vino nuevo. Si el odre está seco no permite eso y sabemos lo que pasa: revienta.

Además, a este desafío intergeneracional, se suma el de la interculturalidad. El odre nuevo prepara el diálogo con las nuevas realidades, que proceden frecuentemente de Iglesias jóvenes, y pujantes. Ellas deben interactuar con la aparente debilidad de aquellos que se han identificado con las raíces de nuestro carisma, con la sabiduría ancestral de innumerables betharramitas que entregaron la vida por nuestra familia. Es una tarea que ensayamos, pero que aun está por hacerse.

Por otra parte, el vino nuevo necesita adquirir su auténtico sabor, que le viene de una sostenida experiencia del Dios Amor, una experiencia que –lo sabemos- no es meramente sociológica, no se resuelve con medios seculares, sino que es un paso genuinamente espiritual. Sin este paso trascendente de la Palabra Encarnada en la realidad concreta, que transforma la Vida, que implica un proceso hecho de dolores y gozos, un paso Pascual, pienso que no se adquiere la esencia de nuestro ser betharramita.  Esta orientación espiritual que trasciende toda circunstancia epocal, es siempre nueva. Nace del mismo Evangelio llevado al corazón, hecho profecía en medio del mundo, hecho testimonio entre nosotros, y está íntimamente asociado a nuestra misión de consagrados.

Un simple dato estadístico nos dice que desde 1965 a 2010 han desaparecido unos 370 institutos religiosos. Las causas han sido múltiples, pero sin duda, es una constatación de que “la crisis” si bien afecta más a algunos, existe para todos. Desafía a salir al encuentro de la Vida, con las fuerzas vivas de las vocaciones que el mismo Señor de la mies nos envía. Por utilizar la figura del odre, estamos llamados a contener el vino nuevo, a ablandar nuestra vida mediante la escucha y un diálogo sincero, y a no cerrarnos en posiciones rígidas, mutuas críticas, que acabarían reventando la vida y desparramando el vino.

Las vocaciones de Africa y Asia se manifiestan como más florecientes. Para estas Iglesias en que están insertos los Betharramitas desde hace años es la hora de un despertar en muchos sentidos. A la vez, la misión allí se ve interpelada por la partida de los misioneros llegados del extranjero (Francia, Italia, España, etc). Tailandia, India, Vietnam, son una fuerza que surge generosa. Debemos reinventarnos por amor, pero siempre fieles al “amor primero”,  sin lo cual será difícil que lleguemos a reproducir y manifestar el mismo impulso generoso que nos ha seducido.

En América Latina, ha crecido la siembra, y hay que acompañarla con una identidad clara y una misión atrayente. Las vocaciones aún se hacen visibles en el Nuevo Mundo, lo hacen como brotes de una vieja vid. Ellas están siempre allí, y es preciso valorarlas y darles cuidado. Como proceden de una sociedad cambiante y secularizada nos demandan una idoneidad siempre nueva en la propuesta formativa. No nos acostumbremos a que vengan. Vayamos nosotros a su encuentro, sin demora, como el mismo Jesús pidió a sus discípulos. Busquemos esos obreros para la viña.

El contexto de la crisis en Europa es bastante elocuente. Más que una crisis parece ser un “período crítico”, ciertamente modificable, en la medida en que se asuma como tal y no como ocasión para replegarse sobre sí mismo y “asegurarse el difícil futuro”… La ausencia de vocaciones y la entrada de un gran porcentaje de religiosos betharramitas en edad de “ser cuidados” nos habla de un estado peculiar caracterizada como de sabia fecundidad religiosa, en medio de un proceso creciente de debilidad humana. Es una gran paradoja, que a muchos interpela y anima a integrarse, mientras a otros los conduce al pesimismo, al estancamiento, al distanciamiento de la sociedad y de los que sufren más que nosotros. Es como tornarse portadores del carisma, pero en “estado vegetativo”.

Entonces, ¿hay algo común a todos?: hacer de esta crisis una oportunidad que llama, despierta, convoca y desafía.

¿Será posible transformar esta crisis en “kairos” -como tantas veces hemos propuesto- sin pasar por un profundo proceso de conversión personal y comunitaria?

¿Lo conseguiremos oponiéndonos dialécticamente unos a otros?¿Sabremos descubrir en Iglesia los signos de Dios en los signos de los tiempos?

Algunos piensan que aún es posible. Yo también lo creo en la palabra de San Miguel, que nos hablaba de la acción fermentadora incesante del Espíritu Santo. Creo en este estilo de Vida al que fuimos llamados para servir a Cristo y a los hermanos, anonadados y obedientes.

De hecho, la Vida Consagrada tiene ese carácter de testimonio, por sí misma. Es como una vertiente del “Vengan y vean” (Jn 1,39). Aunque hoy no brille en la Iglesia  como debiera, aunque un día desaparezcan todos los institutos, probablemente su carisma estará siempre allí…

Esta “última hora del día” ¿no será, por el contrario, la ocasión de salir a la calle a llamar a los obreros desocupados, para que vengan a trabajar también ellos a la viña ? (cf. Mt 20,6).

Preparemos nuestras comunidades, mientras llega la vendimia. Que sean como un espacio de “piel suave” para que el vino nuevo de los que se sienten llamados a Betharram encuentren las condiciones propicias para “fermentar, respirar y madurar”, bajo el cuidado de unos hermanos que se quieren tanto como Jesús amaba a los amigos que el Padre le había dado.

Gustavo Agín scj
Superior General

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